En verde: la lechuga

Las variedades van desde el verde claro al oscuro y llegando al morado si nos fijamos en el color. Son de todos conocidas la lechuga “criolla”, “arrepollada” o “manteca”, nombres populares que las clasifican de acuerdo a la forma de las hojas, textura o gusto. Podemos elegir entonces entre distintas clases cuidando siempre que se adapten lo mejor posible al suelo y clima en que las vamos a cultivar. Prefieren en general temperatura templada y mucha luz, el terreno rico en humus y fertilizantes químicos y no los orgánicos (estiércol) aunque se adaptan según la variedad. Sí, tendremos que prestar atención al riego frecuente porque el clima caluroso y seco las hace florecer anticipadamente.

Antes de sembrar conviene poner las semillas un día en remojo para que el agua que absorban facilite su germinación. La siembra se hace al voleo y podemos cubrirlas con un poco de arena para favorecer el desarrollo. Una vez que aparecen las primeras hojitas será el momento de darles un poco más de espacio para que desarrollen. Esta operación se llama repicado: dejaremos entre una y otra un espacio de unos 8 o 9 cm de cada lado. Antes de cumplirse el mes , las plantas tendrán una altura de más de 5cm y de 4 a 6 hojas cada una. Ha llegado el tiempo del trasplante o sea de llevarlas al lugar definitivo donde se desarrollarán. La distancia entre ellas será ahora de unos 30 a 40 cm entre las filas, cuidando no dañar las raíces y tratando de no enterrar el cuello de la planta.

A partir de este momento nuestra labor consistirá en escardar el terreno alrededor para airear el suelo y quitar las hierbas, lo que favorecerá el aprovechamiento del agua de riego, que debe ser frecuente pero no abundante en cantidad.
En términos generales desde el trasplante hasta la recolección pasarán unos 40 a 60 días y las mismas plantas nos indicarán el orden de recogida para el consumo. Si hemos hecho un trabajo efectivo tendremos entre 2 y 3 kg por metro cuadrado.

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