
LOS CLAVOS.
El clavo existe desde que el hombre empezó a trabajar los metales y hoy día su utilización continúa siendo generalizada.
Para cada tipo de trabajo con maderas y con otros materiales existe una variedad específica de clavo. Los hay muy comunes, en tanto que otros lo son menos, pero todos tienen como principal misión la de mantener unidas entre sí dos partes separadas. Sin embargo, y a pesar de esta simplicidad, es oportuno hacer algunas consideraciones. Lo primero que hay que tener en cuenta es la fuerza de retención. El clavo asegura la prensión gracias al frotamiento; por tanto, un clavo largo y grueso tendrá mayor retención que uno pequeño y delgado. Además de los clavos comunes obtenidos a partir de varilla metálica y por ende de sección redonda, los hay también con vastago retorcido o con irregularidades para mejorar la retención. Ésta depende también mucho de la naturaleza del material en que se hinca y de las exigencias a las que el clavo y el tipo de unión se hallarán sometidos. Siempre que sea posible estas solicitaciones deberían ser siempre paralelas o perpendiculares al eje del clavo. En los trabajos de carpintería es una buena norma, si se quiere conseguir una adecuada consolidación, encolar las superficies que entran en contacto antes de clavarlas. Éste es el proceso más elemental: clavar y encolar. Ahora bien, desde el punto de vista estético las cabezas de los clavos no resultan atractivas (salvo las cabezas de los bollones y tachuelas de tapicería, con acabado decorativo). En carpintería, la manera más sencilla de esconderlas es profundizarlas con el botador y rellenar el agujero con masilla. Las cabezas largas y planas de algunos clavos penetran con mucha dificultad, por lo que en estos casos es mejor clavar puntas cónicas (de cabeza cónica) o carentes de cabeza.
En cambio, las gruesas cabezas de las tachuelas de adorno de tapicería son hechas ex profeso para que retengan, sobre un amplio campo, las telas, cueros y cintas o cordones de pasamería, evitando que se desgarren y, consecuentemente, no se botan ni encajan jamás. No hay que olvidar, tampoco, el peligro de la herrumbre. Para el uso normal casero son muy adecuados los clavos normales de acero dulce, pero si tienen que ir al exterior o estar en ambientes muy húmedos, es mejor emplear clavos capaces de resistir la herrumbre. No resulta fácil hallar clavos normales de acero cincado o latonados. En cambio, es fácil encontrarlos de un material inoxidable como el latón, el cobre o el bronce, aunque el mejor clavo antiherrumbre, a pesar de su precio, es el de acero inoxidable.

Las mazas con cotillos blandos son muy útiles para el trabajo con metales no muy duros (aluminio, cobre, latón) y para el ensamblado de carpintería de madera, ya que el martillo corriente y de carpintero deja huellas evidentes. Por este motivo, hasta hace poco se venía utilizando la maza de madera.

Para trabajos muy especiales se utilizan mazas y mazuelos de cobre, plomo, caucho y piel (de búfalo), que hoy día suelen sustituirse por mazas con cabezas de material blando o relativamente blando que acostumbran ser remplazables. Algunas de estas mazas tienen el cuerpo metálico o combinan la madera con el plástico. En la cabeza se aplican los cotillos postizos de nylon o de otra resina termoplástica capaz de aguantar los golpes pero que no dañe el material sobre el que se golpea. Suelen ser de cotillo redondo (de 20 a 70 mm) y su peso puede oscilar entre 150 y 2.500 g y se remplazan fácilmente y con poco dispendio. Además de nylon se utilizan también elementos de PVC, caucho endurecido, piel compacta y aluminio.

La maceta de albañil tiene ambos lados de la cabeza iguales (de sección cuadrada, , pero con las aristas achaflandas, como la que se ve en la ilustración, o también en forma casi piramidal con la base mayor en los extremos). Se emplea para hincar clavos grandes así como para asentar ladrillos (muchas veces con el mango). También se utiliza para picar contundentemente contra cinceles en el labrado y partido de materiales pétreos. Este martillo fue también la herramienta que usaban los enlosadores para asentar adoquines, pero en este caso solía tener una pena plana y ancha que servía, a manera de azada, para excavar la arena, en tanto que el cotillo se usaba para asentar. El peso de las macetas es siempre importante (de 800 a 2.000 g) y su mango es de madera. La martellina de albañil es más parecida al martillo corriente pero con la pena rectangular. Su peso varía entre 400 y 900 g. Los mazos tienen la misma forma pero su peso es mucho mayor (de 3.000 a 8.000 g); el mango es de madera y muy largo, para que se pueda asir con ambas manos a la vez.

El martillo de bola es el empleado por planchistas, caldereros y mecánicos. Tiene el cotillo cilindrico y una pena semiesférica que sirve para roblonar y embutir. Su peso puede variar desde 200 a 1.500 g pero los más corrientes son los comprendidos entre 350 y 500 g; su mango es de fresno y, algunas veces, bastante corto. Muy parecido a él es el martillo que emplean los hojalateros, que tiene la pena simétrica aguzada y transversal para facilitar el trabajo de doblado y remetido de las chapas. También puede añadirse a este mismo tipo de martillos el de tapicero, que tiene igualmente la cabeza redonda y la pena alargada de forma cónica, pero que es mucho más ligero (160 g). Se emplea para apuntar y remachar las tachas y tachuelas que fijan las cinchas y telas al esqueleto de madera.

Para evitar el posible desprendimiento de la cabeza los fabricantes han buscado distintas soluciones: desde el simple acuñado (con metal o plástico), hasta distintos tipos de chavetas o planchas acanaladas. También se emplean para su consolidación resinas epóxidas, pese a que solamente el mango soldado ofrece una seguridad total. Esta última empuñadura requiere, por contra, un mango de goma, que si bien tiene la ventaja de absorber el contragolpe, ofrece, en cambio, el inconveniente de que hace que la mano sude, lo que impide agarrar el mango con firmeza.

El martillo de ebanista es muy parecido al anterior y se distingue de éste solamente por su pena asimétrica, como deprimida; su peso se halla comprendido entre los 200 y los 600 g. En cambio, el martillo de carpintero o de orejas es de acero forjado, tiene el cotillo casi en forma de tronco de cono o de pirámide y la pena está recurvada y hendida (para arrancar clavos), siendo su peso mucho más importante (de 400 a 800 g); su mango continúa siendo de madera o, más raramente, de metal con goma, en cuyo caso puede ser tubular y soldado a la cabeza para evitar que pueda salir disparado en ciertos trabajos.

Los martillos:
Cualquier actividad que tenga un mínimo de relación con el bricolaje, con el salir de apuros, requiere más pronto o más tarde un martillo. Los hay de muchos tipos, algunos de los cuales son específicos para determinadas funciones, mientras que otros tienen un valor polivalente.
Existen muchos tipos de martillos. Algunos catálogos de firmas especializadas llegan a ofrecer cerca de 70 (y casi todos ellos en diversos tamaños). Se habla de un coleccionista que ha logrado reunir 135 variantes, aunque la mayor parte se emplean parafuncionesmuy concretas.
En el caso de no poseer aún ningún martillo, es aconsejable empezar adquiriendo uno parecido al, que tiene una cabeza con cotillo cuadrado y su cara opuesta (pena) aguzada y de sección rectangular. Es una herramienta muy válida para la -mayoría de las acciones de percusión; más adelántense podrán adquirir otros martillos más adaptados a cada trabajo concreto. Este martillo lo mismo servirá para trabajos de carpintería qué para muchas otras labores. El más corriente e idóneo para esta multiplicidad de fines es el que tiene una cabeza de acero forjado y un peso de 250 a 300 g; los de mayor calidad tienen la cabeza templada. La parte aguzada sirve para implantar pequeños clavos que se sostienen con los dedos o bien clavos normales que se quieren colocar en lugares de acceso difícil. Las variantes de este mismo tipo de martillo pueden ir desde los 50 g (empleado en pequeña mecánica) hasta los 2.000 g para trabajos de hierro, carpintería pesada e, incluso, para albañilería. El mango más habitual es el de madera de fresno, pero cada vez mas se utilizan empuñaduras de plástico, de plástico combinado con metal o, también, de goma con metal. Si el mango es de madera convendrá que se acuñe su cabeza por el ojo.

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CEPILLOS DE CARPINTERO Y FORMONES.
Para que este tipo de herramientas se mantenga con su máximo poder de corte, tendrán que ser afilados después de cada sesión de uso. Lógicamente este afilado no ha de ser un afilado abrasivo, si no que ha de tratarse de un afilado con piedra especial y aceites lubricantes que faciliten el deslizamiento. Como es natural el afilado de este tipo de herramientas requiere una dedicación exhaustiva. Los profesionales lo han hecho tantas veces que con el pulso gradúan el ángulo de inclinación. Para los bricoladores, poco avezados en este arte, hay disponibles soportes que dan el ángulo correcto y que además ayudan a ejercer la presión adecuada, en el proceso de afilado. El ángulo correcto para el afilado de escoplos, formones y cepillos es de 30°, teniendo en cuenta que sus extremos tendrán un afilado en un ángulo de 25°. Con un poco de práctica se podrá ahorrar los soportes para afilado, solo hay que guardar la regla de mantener el pulso firme y deslizar sobre piedra, ejerciendo siempre la misma presión a lo largo de todo el recorrido. Cuando afilemos una cuchilla estrecha, tendremos que deslizaría a lo largo de toda la piedra, pues si friccionamos sobre un mismo punto continuamente, crearemos un desgaste excesivo en ese punto y hará inservible esta piedra si queremos afilar cuchillas más anchas, al quedar una superficie irregular en la misma. No hay que olvidarse de emplear en todo proceso de afilado, aceite lubricante y mantener la cuchilla siempre humedecida. Cuando terminemos con el proceso de esmerilado de formones, esco: píos o cepillos, se habrá creado una ligera rebaba por la parte de atrás de la cuchilla. Esta será eliminada inviniendo la cuchilla y deslizándola plana y ligeramente sobre la piedra. Nunca en forma vertical, porque destruirá el afilado. Este desplazamiento tendrá que ser horizontal con el mínimo ángulo posible. Como en casos anteriores, el proceso de afilado también lo podremos hacer con la ayuda de amoladoras eléctricas y con los soportes acoplables a dichas amoladoras. Como en el mercado, y sobre todo para nuestro uso, vamos a emplear di versos tamaños de cuchillas del gran número que existe, sería contraproducente, un soporte para cada una. Quizá la herramienta más apropiada para un taller de aficionado al bricolaje, sea la amoladora. Ésta nos permite un sin fin de trabajos, pues consta de un motor con diferentes revoluciones, al cual en su eje van sujetos dos ruedas abrasivas. Una de desgaste fino y otra de desgaste grueso o basto. No sólo nos permitirá afilar las herramientas mencionadas, sino que además, podemos reparar destornilladores mellados, martillos deformes, e incluso afilar cuchillos y tijeras.
Con un mínimo de práctica podrá sacársele un altísimo rendimiento a esta herramienta. Como medida de seguridad, tener presente que hay de protegerse con gafas o antiparras para evitar que las esquirlas que desprendan, pudieran hacer daño. No es suficiente con las viseras protectoras que cuentan las amoladoras. Puede ocurrir que debido a las excesivas revoluciones a que giran dichas piedras, se produzca un recalentamiento en la punta que se está afilando. Si a continuación se la enfría con agua, se perderá el temple, y por lo tanto, su poder de corte. Aconsejamos evitar dentro de lo posible, que se produzca esta situación, actuando con presiones cortas y espaciadas, dando tiempo suficiente a enfriarse antes de la siguiente pasada.
Con la ayuda de un soporte, sujeto a nuestro banco de trabajo, afilaremos todo tipo de mechas en una piedra abrasiva.
Ejemplo de otro sistema de soportes para el afilado de nuestras herramientas.
Diferentes soportes nos ayudarán a mantener el ángulo correcto en todo momento cuando
trabajemos con piedras de aceite.